Marisa Avogadro Thomé. Escritora- periodista. Argentina.

De su libro Pasión a la Madrileña. Cuentos Gastronómicos A la carta. Octubre 2015.

e-mail: marisaavogadro@uolsinectis.com.ar

         Su perfume me embriagaba cada vez que lo respiraba en el aire, al llegar al puerto en Sevilla. Las flores de los azahares sevillanos, las naranjas recién cortadas  que se mezclaban con el sabor intenso de las especias de las Indias.  Como antaño, cuando hace más de quinientos años llegaban las embarcaciones al puerto, con sus productos característicos.

A paso lento, disfrutando del momento, fui recorriendo cada una de las calles. La Avenida de la Raza me traía recuerdos de los tiempos de los fenicios, de las personas procedentes de las Américas y de Asia. Hoy estaba poblada de casas de comidas, sobre todo de frutos de mar.

Épocas donde el instinto nos hacía combinar una lima persa con mandarinas y violetas. El aire fresco y suave seguía rozando mi rostro. A la distancia podía ver el río Guadalquivir y traer a mi mente el movimiento de barcos que comerciaban aceites de oliva, vinos, especias…

Unas campanadas me trajeron de nuevo al sol intenso de este día de julio, en el dos mil catorce. Varias iglesias rodean también esta parte de la ciudad. Todo era historia y sabor, perfumes y color. El Museo Arqueológico de Sevilla, emplazado justamente en frente de Plaza América, cercano a las calles: Colombia, Brasil. Casualidad, historia, recuerdos.

Caminé unas cuadras más hasta llegar al Paseo de las Delicias y saborear en las cercanías platos mexicanos, españoles, italianos; donde los frentes de las casas y los edificios combinan los mostazas, los rojos y los amarillos.

En esta larga caminata de calor veraniego, todo me ha parecido mágico. Las calles, los lugares, los museos.

Imaginaba una olla grande de hierro como la que usábamos y dentro le mezclamos: el arte, la historia, los colores, las pasiones, los aromas, las razas y el misterio. Y allí estaba el Puerto de Sevilla: imponente, uniendo ciudades y gente.

Llegué hoy siete de julio, como todos los años; cuando la luna pasa frente al puerto, a la hora señalada y abre la puerta sin fronteras. El paso que desde hace más de quinientos años usamos, desde la Nueva América. Sin barcos, sin aviones, sólo con deseos, con confianza y el recuerdo del aire marino mezclado con azahares y especias.

Hice un descanso en el paseo. Entré a un restaurant para almorzar arroz y una ensalada fresca. Y de postre, por supuesto,  un plato de fresas.