* Dr. Miguel Angel Méndez-Rojas. Licenciado en Química.

e-mail: miguela.mendez@udlap.mx

     Empecemos con una reflexión respecto a la lectura: ¿Cómo aprendiste a leer? ¿Qué estás leyendo en este momento? ¿Por qué estás leyendo este libro en particular? Las historias individuales de la conversión a la lectura pueden ser fascinantes y diversas. Miro los ejemplares sobre la mesa de noche: un par de novelas de escritores latinoamericanos recientes, un comic que postula una realidad alternativa en donde Lex Luthor es el héroe y Superman el villano, una compilación de cuentos de terror de H. P. Lovecraft, un libro de divulgación científica escrita por un colega mexicano y, por si las dudas, una Biblia, versión Reina Valera. Cada uno es un mundo donde refugiarse a través de la imaginación y la lectura. Un instante breve de tiempo y espacio, volcándonos sobre un conjunto de hojas de celulosa, con símbolos impresos en los que tratamos de descubrir un conjunto de historias, muchas de ellas inspiradas no en el pasado reciente, sino tal vez en algún momento inexistente en la historia, parte de la ficción, o lejano en el tiempo y real. Instantes que nos entretienen y nos llevan a un momento aislado del mundo que nos rodea, completando de alguna forma nuestro ser. Y, otra vez súbita, la interrupción: ¿ya checaste el correo? ¿Viste mi mensaje de texto? O cualquier otra cosa. ¡Espera! Interrumpes mi diálogo momento íntimo; mi tiempo con este escritor a quien, aunque no conozco en persona, lo percibo como un viejo amigo que me ha cautivado con sus palabras. ¿Cuándo empezó todo? Pienso que desde la cuna iniciamos esta aventura de descifrar los símbolos a nuestro alrededor: el gesto severo de un tío, la sonrisa de nuestra hermana, la mirada de la abuela preguntándonos, “¿A quién se parece? Tiene los ojos de mamá”. Mientras el niño los mira de vuelta, absorto, tratando de comprender. ¿Quiénes son? ¿Qué quieren decir? Esos simbolismos que vamos poco a poco descifrando como emociones de cercanía: amistad, familiaridad, amenazas…son nuestra primera lectura del mundo que nos rodea. Pasa el tiempo y en la escuela aprendemos a dibujar trazos, en esa terrible y difícil letra manuscrita, ejercitando nuestra coordinación motora con la habilidad mental de plasmar en elegantes trazos palabras e ideas (mi migración voluntaria a la letra script fue una liberación, y de todas maneras mi letra sigue siendo horrible, ilegible). Aprendimos que detrás del signo había una idea, que un conjunto de éstos concatenados en una secuencia apropiada daba lugar a una palabra. Que el patrón ordenado podía tener un sentido, un significado concreto. Conociendo esa simbología fuimos practicando el lenguaje escrito, relacionándolo con el hablado: “p-e-r-r-o”, “ma-má”, “agua”. Desarrollamos una asociación entre el lenguaje y la comunicación de nuestras emociones, nuestros pensamientos, las sorpresas del mundo y sus fenómenos.

    Cuando pequeño, crecí fascinado con el mundo de las palabras nuevas. Llegaba a clase en primaria y le compartía a mi maestra mi descubrimiento de una nueva palabra, alguna que nunca antes habíamos usado en clase; me encantaba imaginar cómo introducirla en mi vocabulario cotidiano. La fuente fue al principio el diccionario, pero eventualmente otros medios sirvieron para acrecentar el acervo de palabras: la tira cómica dominical, las revistas de superhéroes. Soy fan del Hombre Araña, entre otros personajes de esa ficción fantástica de mi niñez. Me identificaba con Peter Parker, incluso durante mi formación universitaria pues al igual que a él, me gustaba la ciencia –la química en particular.

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    Cuando decidí estudiar Química como una profesión, quizá parte de mi decisión descansaba en las ideas que leí en esos comics de mi juventud. Imágenes y palabras se mezclaban para, juntas, manifestar un universo nuevo y lleno de sorpresas.  “Hay una historia detrás de todas las cosas que no está contada explícitamente y que uno tiene que tratar de sacar a partir del contexto”, es lo que entendí. Y encontrar las historias ocultas en las cosas es una parte muy importante de a lo que me dedico: la investigación científica. En la ciencia, uno tiene que aprender a interpretar los símbolos para comprender su significado: Veamos, esta reacción química, una vez que la llevamos a cabo en ciertas condiciones, genera este tipo de producto. ¿Cómo lo comunico a través de símbolos para que otros también lo entiendan? ¿Qué interpretación puedo obtener de los fenómenos y transformaciones del universo? En ciencia, constantemente estamos en ese proceso de entablar una comunicación simbólica con nuestro interlocutor, a través de un artículo científico, interpretando el Universo de la materia y sus transformaciones, y esa interpretación puede tener muchas perspectivas. Como cuando uno lee Rayuela de Julio Cortázar y trata de leerlo en orden, porque nos han enseñado que los libros se leen de la primera página a la última página; pero las instrucciones que el autor establece son una invitación a desobedecer lo convencional:  “este libro se puede leer de muchas maneras”. Empiece por acá, siga por aquí, luego salte para allá, luego regrese a esta página, encuentre una pista en esta otra parte… es un juego de interpretación, como lo que ocurre en nuestra vida cotidiana.

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     Cómo que ese señor me echó una mirada medio rara: ha de estar enojado, Como que esta interpretación del universo físico pudiera explicarse con una nueva teoría cosmológica. Así es como la ciencia debilita nuestras convicciones y nos ayuda a ver el mundo con nuevos ojos. La ciencia, con todo y su objetividad, nos puede dar múltiples visiones de un mismo hecho. No nos dice la verdad absoluta de las cosas; nos dice que lo que sabemos en este momento es una visión a lo mejor parcial, porque depende mucho de mi bagaje previo. Si yo, hombre de las cavernas de hace 10 mil años me asomo a la noche estrellada, seguramente tendré una interpretación del Universo muy distinta a la de un astrónomo del siglo XXI que sale a las 5 de la tarde de su trabajo y va ya llegando a casa a las 8 de la noche.  Pero para ambos existirá una fascinación por ese mismo espacio nocturno, aunque su interpretación no necesariamente es la misma. El primero construye sus ideas basadas, tal vez, en fuerzas sobrenaturales que controlan los ciclos del agua, de la vida, las cosechas, etc., pero el segundo aplicará las leyes de Kepler o de Newton para explicar el movimiento planetario, sincronizado como la maquinaria de relojería más perfecta. Dirá: “ahora está acá, pero dentro de 15 minutos va estar exactamente en esta otra posición”. Y sonreiremos con satisfacción cuando confirmemos que Kepler, Newton, Einstein y todos esos científicos que probablemente alguna vez hemos escuchado mencionar, estaban en lo correcto. Si alguna vez visitan Cholula, en el estado de Puebla localizado en el sureste de México, se pueden encontrar varios muros decorados con grafitis. Algunos de ellos están salpicados con las fórmulas matemáticas desarrolladas por estos científicos para explicar el mundo y sus fenómenos, “E = mc2, energía es igual a mc2, energía es igual a la masa, por la constante de la velocidad de la luz al cuadrado”; esto es el equivalente, científico y matemático en su abstracción, a una poesía. Uno se hace empático con las emociones que transmiten Mario Benedetti o Pablo Neruda en sus obras, pero el mismo tipo de emoción surge cuando lee eso “E = mc2”. Detrás de esa expresión hay una abstracción de muchísimas otras teorías, es una metáfora del mundo. Newton decía: “veo más allá que los demás gracias a que estoy sobre los hombro de gigantes”. Y es una metáfora también de la manera en que  se hace la ciencia: sobre los hombros de los que nos antecedieron y avanzaron en los fundamentos de cualquier campo del conocimiento.

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     Regresando al texto escrito, éstos representan ventanas a través de las cuales podemos asomarnos al mundo desde los ojos de otros: un escritor, un poeta o un científico. Hace años, buscando libros viejos, baratos encontré una joya titulada Química imaginada, cuyo autor (hoy un buen amigo) es el Dr. Roald Hoffmann, premio Nobel de Química. Ya conocía otros textos de divulgación científica que él había escrito y publicado en español a través del Fondo de Cultura Económica, pero este libro no aparecía en ese catálogo; era una compilación de textos pequeños, poemas e imágenes, collages, elaborados por una artista gráfica alemana, Vivian Torrence, en un hermoso trabajo colaborativo: ella armaba los collages combinando imágenes de forma creativa y artística, de manera tal que reflejaran de alguna manera las historias que Hoffman escribía. Luego, en un juego con el escritor, ella le entregaba otro collage, que presentaba simbolismo químico al cuál Hoffman debía acompañar con su correspondiente ensayo; más tarde los dos se reunirían para acomodar los textos y las imágenes, dispersos en el piso, discutiendo en el proceso: “oye éste queda mejor con aquel texto; este otro combina con aquella imagen”, y empezaban a intercambiarlos. Al final todo se compiló en un libro de símbolos e imágenes (de ahí el título); en otras palabras, hay símbolos contenidos en el lenguaje escrito del autor, que a través de un proceso de traducción literaria le permiten comunicar de una manera simple al lector temas tan complicados como la termodinámica, el ciclo del agua, la transformación de la materia, la catálisis, y que nos muestran de una forma clara cómo pensamos los científicos, ayudando a ver que la ciencia como algo de nuestra vida cotidiana.

    La imagen del científico es, a veces lovecraftiana, bizarra; pensamos: “este cuate ha de comer niños en la tarde; crea cosas para el beneficio de las compañías que controlan a la sociedad; son culpables de los males de este mundo.  Pero creo que el científico es también un humanista, genuinamente preocupado en los seres humanos, no tanto por encontrar la respuesta última filosófica (¿quiénes somos? ¿Qué hacemos aquí?), sino para ayudarnos a comprendernos como sociedad, como parte del mundo en el que vivimos, ayudándonos a ser más funcionales y útiles. El científico es una especie de poeta, si lo quieren ver así, que trata de generar su propia interpretación y abstracción de un mundo complejo, comunicándolo de una manera un poco más cercana a la comprensión del público. A través de textos de divulgación eso ya ocurre; revistas y libros donde uno se encuentra historias llenas de una enorme calidad literaria  y excelente fundamentación científica; algunos llegan a convertirse en películas y atrapan nuestra atención. Queríamos ser el súper héroe que se  aventaba desde la azotea, el que rescataba a la chica en desgracia y, de alguna manera, aunque la realidad nos regresaba a la tierra. Tal vez no tengamos súper fuerza pero nos enteramos de que los investigadores en Japón han inventado un exoesqueleto que le ha permitido a una persona cuadripléjica moverse; a través de conexiones directas entre un chip y los nervios motores en su espina dorsal, controla un brazo mecánico, se levanta de su silla de ruedas y se acerca a tener una vida normal. ¿Una vida normal?, pero si es mitad máquina, pensamos. Y son de esas proezas, casi milagrosas, con las que la ciencia nos puede transportar de las lecturas de la juventud (Julio Verne, Isaac Asimov, Michael Crichton y otros escritores de ciencia ficción) al mundo real. Verne, por ejemplo, imaginaba a la sociedad del siglo XX moviéndose en vehículos eléctricos, trenes, naves voladoras, intercomunicados a través de ondas que se transmitían por el aire; escribió todo esto, no como una profecía sino como una consecuencia de imaginar los avances de su época y extrapolarlos a un futuro imaginable y probable. Digamos que ponen juntas las pistas, arman un rompecabezas. “Aquí aparece una carita feliz, allá un árbol, más para acá un acelerador lineal de partículas”. Lo invisible solo lo es ante los ojos de quien no sabe que buscar. El escritor, el científico también, observa con cuidado el mundo, sus desarrollos, los eventos sociales, económicos y políticos que ocurren y, simplemente, unen las piezas. “Es que mira, si seguimos en esta tendencia vamos a llegar a acá”. En la época de Verne, Estados Unidos no era la potencia tecnológica y económica que es hoy en día, sin embargo imaginó Cabo Cañaveral, no tan lejos de donde hoy se ubica, y que desde ahí algún día el hombre lanzaría una cápsula que iba a llegar hasta la luna. Este Verne futurista, dicen algunos, era un viajero del tiempo atrapado en el pasado; pero no, el simplemente armó un rompecabezas con la evidencia disponible en su tiempo. El descubrimiento se puede resumir a saber asociar ideas que hoy tenemos para encontrar cosas que están ahí, ante nosotros, pero ocultas para el ojo no entrenado. Así funciona a veces la educación; pasamos años en la escuela aprendiendo (pensamos) conocimientos aislados y sin aplicación en la vida cotidiana, pero años después, súbitamente, toman sentido y nos ayudan a comprender el mundo cuando las interrelacionamos y aplicamos.

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     Las bibliotecas son depositarios de tesoros bibliográficos que, hoy en día, parecen acumular más polvo que lectores. Tal vez ahí descansa esa interesante historia que si la hubieras descubierto te habría inspirado en tu tesis, o para crear una empresa, una pintura, una canción o lo que sea. Estos libros son máquinas del tiempo. Máquinas frágiles e ignoradas que, si no cuidamos pueden terminar olvidadas, desechadas. Tal vez destruidas, como en la imagen de las fogatas públicas con libros de 1984. Leerlas nos ayudan a recuperar pedacitos de la niñez, de cuándo nos sumergíamos en las lecturas que nos atraparon en singulares viajes en el tiempo. Y es un hábito contagioso, que se transmite a los hijos, a los nietos, al futuro. Mira hijito, lee este librito de Verne, a ver si tú puedes disfrutarlo de la misma manera que yo; a ver si tú también te pones a excavar un agujero en el jardín de la casa tratando de alcanzar el centro de la tierra; a ver si tú también preparas tu equipo supervivencia con una brújula, una lupa y un mapa, para cuando tengas que ir a explorar  el mundo en busca de lo que sea, para que estés preparado. Todas esas motivaciones venían de la lectura y se mantienen hasta el día de hoy. Espero que dentro de 30 o 40 años, siga recordando de la misma manera las cosas que algún día leí. Es muy probable que para entonces me costará trabajo reconocer los rostros de la gente que me rodea, pero estoy seguro que seguiré recordando que viajé con el capitán Nemo a través de océanos profundos, luchando contra monstruos marinos; que admiré la majestuosidad monstruosa de Cthulhu en una isla perdida en el Pacífico; tal vez en esa época de mi vida no podré diferenciar entre la realidad y la ficción, pero mi realidad será mi ficción, así que mejor la escojo hoy con cuidado. Hoy mismo hay momentos en nuestras vidas que pensamos: “lo estoy viviendo, o lo estoy imaginando, o soy parte de un guion que alguien más está leyendo”. Imaginamos que el largo texto que representa nuestra vida es una lectura interpretada por un narrador sin voz que nos sueña. En eso era un experto Jorge Luis Borges, un escritor muy complejo pero también profundo; el representa la riqueza de leer hasta donde sus ojos le permitieron, y su prodigiosa memoria le permitió conservar toda esa lectura para, con ella, imaginar historias maravillosas y complejas como el Aleph; esa obra una metáfora de todo aquello que jamás podremos conocer, de este universo enorme y complejo al que apenas atisbamos y tratamos de extraer la verdad que contiene. Supongo que este Universo es apenas la primera estantería de esa biblioteca infinita imaginada por Borges. El reflexionó sobre  la cultura y el mundo que lo rodeaba gracias a la lectura. Aquel que lee, muchas veces tiene también la urgente necesidad de escribir, para compartir algo con un público que probablemente se identifique con su historia. Así justifico mi propia ansiedad por escribir desde hace más de veinte años: textos de divulgación científica, poesía, artículos de investigación. Hace veinte años, con un grupo de compañeros de la universidad, iniciamos una revista electrónica de divulgación científica para dar salida a nuestras inquietudes. Hoy todos seguimos distintos caminos, pero seguimos haciendo o escribiendo ciencia. Yo me incliné por la Química, primero para estar cerca de una muchacha que me gustaba que la estudiaba, aunque también pude haberme inclinado por la literatura; gracias a ese amor juvenil estudié química y aprendí su lenguaje. Si ustedes ven una tabla periódica es como ver un alfabeto con que uno puede escribir conceptos y metáforas del mundo; juntas elementos, armas palabras (que son compuestos) y estas palabras somos nosotros mismos. La vida es un texto hecho de carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y azufre, con palabras que pueden ser proteínas, enzimas, anticuerpos, carbohidratos…símbolos de lo que somos y lo que fuimos. Mi código genético guarda la historia de mis antepasados y también la de mis descendientes; tiene pedazos de una biblioteca evolutiva de organismos muchos más simples que me antecedieron.

     Probablemente dentro de nosotros, en esa biblioteca genética que nos conforma, exista un pedazo del primer organismo que se desarrolló en la Tierra; somos una colección infinita y diversa, como la imaginada en el Aleph de Borges, repetida millones de veces en la cada persona, variable e impredecible. Como las lecturas que nunca terminamos de leer.


     (*) El Dr. Miguel Ángel Méndez Rojas que es Licenciado en Química (UDLAP, 1997), donde fue becario Excelencia Jenkins; obtuvo el grado de Doctor en Química (Ph.D.) en Texas Christian University en 2001. Actualmente es profesor de la Universidad de las Américas Puebla (UDLAP), ha sido director del Centro de Investigaciones Químico-Biológicas (CIQB) de la UDLAP y jefe del Departamento de Ciencias Químico-Biológicas (2006-2010). Es investigador en química perteneciente al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) desde el año 2001 a la fecha, y desde 1996 lleva a cabo actividades de divulgación de la ciencia, por las que recibió el Premio Estatal de Ciencia y Tecnología en 2013. Por su actividad docente y de investigación recibió el año 2011 la medalla “Compromiso con la Educación UDLAP”.