María García Marichal. Profesora de Geografía. Uruguay.                                         

e-mail: mariagarciamarichal@gmail.com

     La mujer apareció desde el lado de la iglesia buscando las sombras de los árboles; el calor apretaba a esa hora de la tarde y ella arrastraba los pies con aire fatigado. Olegario la vio desde el banco en el que estaba sentado; había dormitado un rato en la casi total soledad de la plaza, acomodado en el perfume de la magnolia en la que se recostaba.

     Supo de inmediato que se sentaría junto a él. Siempre le pasaba: era un imán para las soledades que andaban por el mundo rumiando penas o devanando y ovillando recuerdos.

     Ella fijó su mirada velada en él y apuró el paso, de tal forma que en un par de minutos se sentó a su lado con un quejido de alivio. Olegario la miró de soslayo y vio que era vieja, que estaba cansada y que una amargura antigua le había curtido la piel.

     – ¡Qué calor!…

     – …

     – Vengo de la iglesia. Allí está fresco y no está mal rezar un poco, ¿no?…

     Él hizo un gesto ambiguo. Contestara o no, ella iba a narrarle su historia, como tantos otros en aquel espacio apartado de la plaza. La vio hurgar en un bolso gastado que parecía contener muchas bolsitas de nylon y cajas de remedios, alcanzó a ver un pequeño monedero anticuado y varios caramelos medio derretidos. Olegario rogó que no sacara fotos de familia; pero no; extrajo un abanico opaco con muchos agujeritos que, en algún tiempo, debió ser una bella artesanía sevillana: podía verlo en los arabescos y puntillas que aún conservaba.

     La mujer lo desplegó y comenzó a abanicarse con los ojos detenidos en un lugar impreciso.

     – Prefiero quedarme aquí un rato, si no lo molesto, claro -subrayó volviéndose para mirarlo con cierta ansiedad- En mi casa no encuentro el mejor lugar: estoy muy sola, la casa es grande y vieja, el solar está tapado de árboles… parece una selva.

     No era difícil imaginarlo: una anciana perdida en un lugar oscuro aun en la primavera avanzada, tal vez cargado de olor a encierro y a recuerdos.

     – Sí… Desde que se fueron mis dos hijos, nadie viene a verme…

     Olegario se removió inquieto. Sabía que la soledad es, casi invariablemente, una condición de la vejez. Más de una vez había escuchado esas expresiones, había dejado que su mirada se detuviera en las magnolias y había respirado hondamente en el vano intento de hallar, en el aire perfumado, el alivio a la pena que le provocaban.

     – No me puedo quejar, ¿eh? Viví bastante bien cuando era joven- el abanico iba y venía, soltando las guedejas grises y envejecidas que caían sobre el cuello del vestido. Demasiado abrigada, pensó él; los zapatos muy cerrados; seguramente le dolerían los pies- Mi marido era muy trabajador: tenía una herrería y en el fondo de nuestra casa plantó árboles frutales y un huertito- sonrió, sumida en las imágenes de su memoria.

     El silencio se prolongó durante un rato. Un viento suave del este agitaba la sombra del árbol y salpicaba de luz el banco de piedra. Ella mantenía una vaga sonrisa, perdida en un pasado que era, en esa hora, más auténtico que la plaza soleada, que la magnolia, que el hombre que estaba sentado a su lado.

     – Mi marido era un hombre buenísimo. Nunca nos dejó faltar nada. Pocas veces me levantó la mano.

     Olegario se sobresaltó.

     El abanico se detuvo, se plegó y quedó quieto sobre las rodillas.

     – Un pan de Dios… menos cuando tomaba, pero no pasaba muchas veces. Algún domingo, cuando iba a ver los partidos a la cancha (que era muy de vez en cuando)- se volvió, buscando la mirada de Olegario; ¿ era aprobación lo que esperaba? – El hombre tiene que tener sus distracciones: trabaja mucho, no es como la mujer.

     Desplegó otra vez el abanico que recomenzó su ida y vuelta. Suspiró y movió la cabeza.

     – Claro que la casa también da mucho qué hacer, hay que criar a los hijos… Y yo era modista. Cosía muy bien… Vestidos de novia, de fiesta, ropa de niños… no paraba nunca- se rió y él concluyó que debió tener una linda risa muchos años atrás.

     Revolvió de nuevo el bolso por unos segundos, sacó un caramelo indescriptible y se lo ofreció. Olegario hizo un gesto de negativa con un movimiento gentil de la mano, ella desenvolvió la golosina y se la puso en la boca, con cuidado. Durante un rato se mantuvo silenciosa, agitando el abanico y mirando la nada; no. Quizá lo que veía era un camino que iba hacia atrás en el tiempo, porque a veces sonreía y otras su mirada se tornaba dolorosamente triste.

     – Mi hijo se fue primero… Se fue a Alemania. Estudió mucho y se fue. “No quiero estar más aquí, mamá”, me dijo una tarde. Había hecho todos los trámites sin que yo me enterara… ni el padre. Le hizo un escándalo y con razón.

     La mujer giró apenas la cabeza para mirarlo. Olegario se quedó observando los surcos que le marcaban las comisuras de la boca; sí; debió sentir mucho dolor.

     – Él me escribe cada tanto y me cuenta que le va muy bien. Pero mi hija… ella se fue enojada conmigo.

     Se le quebró la voz y desvió los ojos. Él comprendió que necesitaba tiempo para controlarse y ahogar el llanto.

    – Ella me pidió, me rogó que me fuera con ella. Lloró mucho. Yo le decía que el padre era un hombre bueno y que mi lugar estaba con él. Además… él nunca los tocó. Ellos sabían esconderse muy bien cuando veían llegar al padre tomado. Y una mañana fui a buscarla a su cuarto y se había ido. Me dejó una carta: decía que no podía verme sufrir más… Ahora me llama por teléfono una o dos veces al año.

     Olegario parecía sentirlo: dolor sobre dolor. ¿Cuánto había resistido? ¿Cuánta capacidad de resistencia tendría aquella mujer de apariencia frágil? Tal vez le quedaran años por vivir… Pensó que quizá en el final de su tiempo regresaría a sus buenos recuerdos como una forma de sobrevivir hasta el último instante. Pero entonces, seguramente, perdería la consciencia de la realidad, de cada uno de sus días… Había conocido a varios de ellos: volvían a ser niños en la declinación de la vejez, revivían su historia sin percibir su presente.

     – Y hace ocho años que murió mi marido.

     Plegó el abanico, lo guardó en el bolso, se alisó el pelo.

     – Qué sola me dejó… Hoy recé por él, ¿sabe? Todavía me parece que anda por la casa.

     La mujer se levantó del banco, lo miró largamente y sonrió.

     – Ya viene el ómnibus. Espero no haberlo aburrido.

     Y se fue. Apuraba el paso sofocada en el vestido casi invernal y los zapatos cerrados; el bolso le colgaba en el brazo derecho flexionado.

     Olegario apoyó los codos en las rodillas y sostuvo la cara entre las manos, observándola hasta que se perdió de vista entre la gente que esperaba en la esquina: una historia anónima entre tantas otras que jamás conocería. O sí. En momentos como ese se sentía desconcertado, perdido en una inmensidad humana que era un interminable misterio, una telaraña densísima en la que los hilos se tejían y destejían con admirable sutileza; ¿tendía el caos a una armonía incomprensible? Tal vez fuese sólo eso: caos…

     El cuidador de la plaza se acercó al banco que sombreaba la magnolia florecida. Un jovencito lo acompañaba cargando un rastrillo y un escobillón.

     – Qué lindo lugar…

     El chico observó el banco de piedra gastado, el césped oscuro y respiró el perfume dulce.

     Olegario se recostó en el respaldo sin encontrar respuestas a sus preguntas.

     El cuidador tomó el rastrillo y comenzó a pasarlo por la grava arrastrando las hojas lustrosas llevadas por el viento. El muchacho las juntó en un montón sobre las baldosas.

      – Sí. “El banco de los locos”

     El joven miró sorprendido al hombre.

     -¿Cómo es eso?

     El cuidador se detuvo con los brazos apoyados en el mango del rastrillo, se echó el sombrero hacia atrás y sonrió.

     – Siempre lo conocí con ese nombre. Pero desde que empecé a trabajar como placero, cada tanto aparece aquí algún viejito, o algún muchacho con ojos extraviados, se sienta un rato y conversa solo como si alguien estuviera ocupando el banco- se rió entre dientes- Vos sabés que cada pueblo tiene sus locos,¿no? Bueno; parece que en este banco se sienten a gusto.

     Continuó con su tarea mientras el chico se detenía a escrutar el lugar con el ceño fruncido. Era un lindo rincón del paseo, apartado del ruido, envejecido por el tiempo… Las sombras y la luz jugaban un claroscuro particular.

     El muchacho volvió a barrer con parsimonia.

     – También sé que todo pueblo tiene sus fantasmas…

     Olegario sonrió ampliamente, se levantó despacio y se desvaneció en la claridad de la tarde.