Erick Daniel Granados Monroy. Profesor de Ciencias Sociales y Humanidades en la UNAM y en la Universidad Latina. México

e-mail: erickdanielgranados@comunidad.unam.mx 

“La realidad es lo que nunca debemos aceptar,

lo que nunca debemos adorar u honrar por ningún concepto.

¿No es el acaso y la hez de la vida?

Ésta sucia, desilusionada y yerma realidad,

sólo puede cambiarse demostrándole que somos más fuertes que ella.”

Hermann Hesse, “Breve Historia de mi Vida”, 1924.

    De inicio, podríamos decir de la novela del oriundo de Paso de los Toros, que es posible insertarla en la corriente filosófica Existencialista, y también un poquito en la Logoterapia, ¿por qué? Por ese, su afán, de crearse… de buscar… de intentar… ¿qué? Ser y Sentido, Esencia y Camino.  Aunque no siempre fue así, y eso el profeta etílico se lo echará en cara… “¿Sabés lo que te pasa? Que no vas a ninguna parte”[1]. Vida de asalariado, existencia vacía cumplida para asegurar la benevolencia social, con esa ingenua esperanza de por fin, disfrutar y llegar a Uno. Y no es un crimen, más bien es la condena: no poder saber de Uno, no poder recordarse ni recordar a nuestro Corazón, porque no solo nuestra mirada, sino también nuestro cerebro se cansó. Y es un desgaste que ojalá sólo fuera para el usuario, no; es una opacidad que desborda e infecta primera y directamente a nuestros cercanos. Flashazos de intersubjetividad, afecto no dado, abrazos no recibidos, interés mínimo que son factores nada despreciables en la aparición del dolor, de la adicción, del miedo y del horror ante la muerte.

   Y con todo, también rescoldos de Humanismo, de fraternidad, de bondad, un gramo de Naturalismo donde queda el impulso creador y afectuoso desinteresado para aquel que se encuentra con más necesidad que uno.

   La Sociedad inhumaniza, cosifica y embrutece; la Naturaleza desgasta, descascara, destruye y vuelve polvo el músculo, la idea y el sentimiento. La Naturaleza: divina, insensible, potencia total; el Tiempo como el Mar: destruye neuronas y borra recuerdos, emociones, duelos.

Lo comenta Santomé sobre su dinámica laboral…

“En el fondo, cada uno es un desconocido para los otros, porque en este tipo de relación superficial se habla de muchas cosas, pero nunca de las vitales, nunca de las verdaderamente importantes y decisivas. Yo creo que el trabajo es el que impide otra clase de confianza; el trabajo, esa especie de constante martilleo, o de morfina o de gas tóxico.” [2]

    El trabajo: soporífero, estupidizador; la Naturaleza: inexorable, impersonal y total.

   Bien lo describe el poeta: el trabajo real, doméstico, institucional, para subsistir, como esa actividad virtualmente inútil que tiene dos objetivos: enriquecer al Otro, y exprimirlo a Uno. Actividad desidentificada, desmotivante, deshumanizante, donde se cuelga el cerebro, la creatividad, las ideas, los ideales y dignidad en la entrada, entre el vigilante, la recepcionista y la máquina de checar.

    El trabajo tiene que amordazar la confianza con el Otro y Otra, porque si no, podríamos soliviantarnos, contrastar y proponer, y eso no es bueno ni para el negocio ni para el potentado[3]. Entonces: ¡vamos tíos, búrlense y peleen como los perros sin imaginación y dignidad que son, por las migajas de la mesa! ¡Peleen a muerte imbéciles, que el filete, ése sólo será suyo en su imaginación! So peleles…

   Nuestro oficinista coincide…

“Y qué alivio reírse, incluso cuando hay que aguantar la risa porque allá en el fondo ha asomado el gerente su cara de sandía,     qué desquite contra la rutina, contra el papeleo, contra esa condena que significa estar ocho horas enredado en algo que no importa, en algo que hace hinchar las cuentas bancarias de esos inútiles que pecan por el mero hecho de vivir, de dejarse vivir, de esos inanes que creen en Dios solo porque ignoran que hace mucho tiempo que Dios ha dejado de creer en ellos.

La burla y el trabajo. ¿En qué difieren, después de todo? Y qué trabajo nos da la burla, qué fatiga. Y qué burla es este trabajo, qué mal chiste.” [4]

   Aunque claro, la tragicomedia idiotizadora-laboral-rutinaria tiene su parte buena: dejaba soñar a nuestro opaco Ser, le permitía recordar esos momentos donde esa actividad era transitoria, donde ese laborar, sólo era -o tendría que haber sido- el instante previo a “la gran cosa”, al destino luminoso, aspirado y grandilocuente, pero nunca intentado. ¿Cómo lo explicamos? Un pequeño boceto:

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    Pero afortunadamente, queda el contacto de Almas, la convivencia entre Seres o entre Entes que desean serlo; para nuestra suerte, está la posibilidad -aunque sea ínfima, dificultosa e improbable- de la Intersubjetividad: proceso en el cual nos descubrimos y creamos desde, con, por y para el Otro, o la Otra.

    La Intersubjetividad como posibilidad de configurarnos a nosotros mismos como Seres reflexivos y humanistas en una dinámica ecuánime más allá del ritual, el introyecto y los arquetipos.  Así lo expresó Avellaneda…

“Ahora no estoy segura de que el matrimonio sea nuestra mejor solución. Lo importante es que estemos unidos por algo: ese algo existe, ¿verdad que sí? Ahora bien, ¿no te parece más poderoso, más fuerte, más lindo que lo que nos una sea eso que verdaderamente existe, y no un simple trámite, el discurso ritual de un juez apurado y panzón?” [5]

    Entonces, existe la opción de, más allá del contrato social, conjuntar nuestras vidas y esfuerzos en un compromiso totalmente personal, más genuino y sustancioso que los trámites burocráticos tradicionales que siempre serán vacíos e impuestos, y obviamente dañinos.

     Ese increíble, deseable y necesario proyecto donde dos Seres, intentan crear su pequeño paraíso. Vía el Cable, el Vínculo, el Equipo, la Simbio, la Simbiosis humanista, intentamos construir nuestro pequeño paraíso de diálogo, escucha, respeto, comprensión, afecto y apoyo.   Intentando crear lo que no existe en este mundo neurótico, fascista e ideologizado: el Amor. No existe, pero vale la pena crearlo.

      Porque lo que hay, lo que existe y predomina, lo mayoritario, impuesto y común es lo horroroso:

   Lucha de poder, encontronazos de ego, utilitarismo, mentira, chantaje, deshonestidad y sobretodo violencia: mutuamente matándose, matándonos de dolor y de angustia.

   Por otro lado, nuestro padre de familia no es tan ingenuo como podría esperarse de un empleado administrativo de no-vocación; nos dice el padre de Blanca con relación a la Cultura de Medios -que seguramente invadía y trabajaba vigorosamente en ideologizar a la población de Montevideo-…

“En la segunda parte de mi festín, entran los diarios. Hay días en que los compro todos. Me gusta reconocer sus constantes. El estilo de cabriola sintáctica en los editoriales de El Debate; la civilizada hipocresía de El País; el mazacote informativo de El Día, apenas interrumpido por una que otra morisqueta anticlerical; la robusta complexión de La Mañana, ganadera como ella sola. Qué diferentes y qué iguales.

Entre ellos juegan una especie de truco, engañándose unos a otros, haciéndose señas, cambiando las parejas. Pero todos se sirven del mismo mazo, todos se alimentan de la misma mentira. Y nosotros leemos, y, a partir de esa lectura creemos, votamos, discutimos, perdemos la memoria, nos olvidamos generosa, cretinamente, de que hoy dicen lo contrario de ayer, que hoy defienden ardorosamente a aquel de quien ayer dijeron pestes y, lo peor de todo, que hoy ese mismo Aquel acepta, orgulloso y ufano, esa defensa.” [6]

   Así, nos dice el escritor uruguayo, que la prensa aparece como un proceso cambiante y conveniente, flexible a intereses constantes y a poblaciones dispersas; Capital preciso y efectivo, personas ensimismadas, alienadas y con déficit de atención.

   Curiosamente, eso que está diciendo contra los Medios, bien puede aplicarse al Partidismo, a los “políticos”: veletas, luchadores, actores, representantes del Bien Privado. Ocurrió, ocurre. Aquí, en México, y parece ser que también en el Uruguay.

   Ahh, la humanidad…

  ¿En México se acordarán cuando millones creían que Fox u Obrador eran los mesías ansiadamente esperados por las masas infantiles, sádicas y masoquistas?

  ¿Se acordarán que “primero iban a ser los pobres”?

  ¿Qué eran la esperanza?

  ¿El sol azteca del pueblo?

   Misma cadencia, diferentes ropajes, mismo teatro y funciones y engaño: de Cuauhtémoc a Peña, pasando por Andrés Manuel, eran los mismos empleados y prestanombres y dignatarios de Capitales y potencias.

   Pero he ahí la ingenuidad y falta de memoria del poblador: sigue creyendo y es engañado una y otra vez, una y otra vez.

   La gente, la gente… ¿Maravillosa la gente? ¿Maravilloso trabajar con gente? No. En esta sociedad fascista estamentada, lo valioso es mínimo, la buena gente es la minoría. Pocos buenos profesores, muchos malos profesores; pocos buenos alumnos, muchos malos alumnos; pocas buenas personas, muchas malas personas. Es simple.

   Posibilidad increíble y no obstante factible: tener la suerte de elegir o ser elegido por esa minoría que sí es maravillosa. Y soportar la rabiosidad de los pitbull con rostros humanos, con faldas y pantalones que muchas veces ya ni siquiera disfrutan el desgarrar la carne de su hermana-víctima. Ya es sólo el tic; algunos parpadean, otros tartamudean, otros ríen, otros golpean y maldicen e intrigan y señalan y juzgan y dañan.

   Y la mayor parte de las veces eligen mal.

   Elige mal la mujer, elige mal el hombre, o quizás cualquier elección será falaz, porque todos estamos malditos, todos tenemos el Guardia de la Porra dentro de nosotros (diría el Profe Vicente Romano). Tenemos el introyecto, el condicionamiento, la ideología, la neurosis, el fascismo, el mal. Un mal que nos hace bestias paradójicas: sumisos con el amo, rabiosos e inclementes con el hermano.

   Así, ¿qué buena relación podría construir un hombre malo que elige a una mujer enferma, y viceversa?

   Sociedad pútrida, escuelas corruptas, familias decadentes, personas putrefactas, relaciones destructoras, estériles y dolorosas.

  Cadenas donde debería haber alas; bofetones donde tendría que haber besos; acorralamiento donde debería manifestarse acompañamiento; maldiciones donde hacen falta escucha y abrazos.  Mundo fetichista que produce personas reificadas en dinámicas utilitarias.

   Hay quienes dicen que “las cosas se dan sólas”. En mi experiencia, categóricamente NO.

   Si uno no cultiva Saber, disciplinas, cognición y afecto, no se darán por sí sólas.

   Coincidiendo, nuestro protagonista expresará… “El tiempo perece y es irrecuperable.”[7] El “Caballo Viejo” asiente: el estepario vetusto no puede perder la flor que encuentra, o que le dan. No hay tiempo. O sí lo hay, pero el que nos pertenece, es focalizado y parcial; sólo en el Espacio encontraremos la libertad sin límites, el tiempo infinito, la realidad ortogonal.

   Por mientras, antes de llegar a lo Sideral, hay algunas propuestas, el del Paso de los Toros tiene la siguiente…

“Falta pasión, ése es el secreto de este gran globo democrático en que nos hemos convertido. Durante varios lustros hemos sido serenos, objetivos, pero la objetividad es inofensiva, no sirve para cambiar el mundo, ni siquiera para cambiar un país de bolsillo como éste.

Hace falta pasión, y pasión gritada, o pensada a los gritos, o escrita a los gritos.  Hay que gritarle en el oído a la gente, ya que su aparente sordera es una especie de autodefensa, de cobarde y malsana autodefensa.

Hay que lograr que se despierte en los demás la vergüenza de sí mismos, que se sustituya en ellos la autodefensa por el autoasco.  El día en que el uruguayo sienta asco de su propia pasividad, ese día se convertirá en algo útil.” [8]

   Memoria, aprendizaje, conciencia, existencia. Pasar de la pragmática a la práctica. De la mera queja y murmullo, a la honesta y justa denuncia de la injusticia y la iniquidad.

   Qué similar es el mexicano y el uruguayo, si podemos creerle al poeta y si no ha cambiado ese país desde 1959.  México y los mexicanos, esos no han cambiado, seguro. O bueno, si lo han hecho: para mal. Menos pasión, menos compromiso, menos Conciencia Social, menos activismo, menos Humanismo, menos Saber y Universalidad, menos Verdad, Justicia y Ecuanimidad. Un Reino del Revés: de la mentira, del fingimiento y la mentira colectiva.

   ¿Así es en éste momento Uruguay?

   ¿Y los uruguayos?

   Lo desconozco. Si alguien quiere dialogar, yo escucharía con gusto. Quisiera saber… debo saber.

   ¿La mediocridad será Justicia?

   Más bien complicidad, co-responsabilidad, conveniencia e indiferencia por la abusividad tanto tiempo padecida. Dolor y amenazas que produjeron niños eternos, infantes constantes, lactantes inexorables.

   Y recuerda: si quieres ascender, elevarte, “mejorar” en esta comunidad colonial, la receta es simple y efectiva, atiende: lame botas, inclina la cerviz, quédate calladito, no pises callos y dile que “SÍ” a tu jefe de área, de carrera, de sección o de producción. Y así te promoverán. ¿Quiénes son los mejores profesores o investigadores? Los obedientes, los que siguen el programa, los que usan corbata y no dicen malas palabras ni hablan de sexo ni de política. Eso es lo que quiere y premia la institución. Tiene sus recompensas, pero sin olvidar las consecuencias: perderás tu alma, tu esencia, tus alas. O lo uno o lo otro. En esta sociedad capitalista, los Clases Media-Baja no podemos tenerlo todo, entonces, elegir. Y asumir.

   ¿Qué queda de nosotros?

   Llantos angustiosos, corazones corruptos, mentes distantes y almas destruidas.

   La Carretera, es como el Mar; la Carretera es la Vida: dura, impersonal, da y quita.

   Benedetti dice que hay momentos donde la oscuridad merma. Yo creo que esas instancias son isletas, oasis que en ocasiones nos encuentran o nos mandan o encontramos o creamos: ahí podemos reponer aliento, podemos refrescarnos o entibiarnos, para después seguir caminando. Para seguir intentando, luchando, resistiendo, contrastando, proponiendo.

   El Estepario que me habita en ocasiones concede esa complacencia burlonamente compasiva: estar un tanto en un auditorio o grupo o paradigma, y luego dice: “¿Ya? ¿Contento? ¿Te gustó jugar a la familia o al grupito? O.k., entonces adelante, a seguir caminando y buscando. A seguir intentando.”

   Vamos caminando, aún no volamos, pero algún día lo haremos.

Notas esteparias.

Dios, no existes. Pero te agradezco que aceptes mi decisión.

Y mi decisión es aceptar tu regalo del libre albedrio.

Y yo acepto la responsabilidad de la decisión de caminar yo solo.

Mi camino. Individual. Único. Mío.

Yo dudaba de mi decisión.

Sé que soy débil, sé que estoy lastimado.

Pero mi debilidad y mis heridas no me imposibilitan, me permiten seguir una senda particular e individual.

Tengo miedo, soy débil y estoy herido, pero puedo caminar y elegir mi propia senda.

Mi propia persona. Independientemente de los demás y del Grupo.

El miedo, el dolor, las heridas y la debilidad no me paralizan.

Aun puedo caminar y decidir.

 

Y ahora, a lo que sigue:

La gaviota al cielo,

La flor al oasis,

Y el lobo al abismo…

Un buen trato.

 

BIBLIOGRAFÍA

Benedetti, M. (1975). La Tregua. Argentina: Ediciones La Cueva.

Hesse, H. (1957). Breve Historia de mi Vida. Obras Escogidas. Traducción de Alfonso Pinto. España: Editorial Aguilar.

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[1] Benedetti, La Tregua, p 13.

[2] Ibíd., p 95.

[3] Y eso ocurre en casi cualquier ámbito. En el académico, otro perfecto ejemplo: relaciones que no son tales, dinámicas unidireccionales, obtusas y totalitarias: la inexistente aptitud de los docentes para enseñar, su talento para ocultar y la fascinación por lastimar.

[4] Benedetti, La Tregua, p 96.

[5] Ibíd., p 108.

[6] Ibíd., p 111.

[7] Ibíd., p 136.

[8] Ibíd., pp 145-146.